P- Cáceres Gótica

Este año 2020 tengo el honor de haber recibido el Primer Premio del Concurso de relato ” Cáceres Gótica ” en las V Jornadas anuales. La Gala ha sido telemática, muy divertida y amena. Estoy muy contenta con este premio. Dejo mi relato: Amanecía.

Amanecía

Dédalo ( Pilar Alcántara )

La mañana era una dama gris e incorpórea que se tendía sobre el bosque. Encima de las copas de los árboles, las sombras de las hojas jugaban con la luna y, entre las ramas, caían como lágrimas sus últimos rayos de platino.  Aquel desdichado buscó en el cielo la mañana. Entre guiños y una danza de pestañas, sus ojos enrojecidos se vieron sorprendidos por la luz del sol naciente. ¿Era un sueño voraz y desalmado el que lo atrapó durante la noche, o había sido verdad todo aquello que le había robado el alma? Restregándose los ojos, con las manos entumecidas por el frío creciente del otoño, se palpó el rostro y la barba, y se mesó los cabellos, para asegurase de estar en este mundo fugaz y no en el otro, el más puro y eterno, a cuyo seno creía haber sido enviado, hasta hacía poco tiempo. ¿Dónde estaba su dama, la de mirada de mar y labios tiernos? Quiso trocar la luz de la mañana por tinieblas, y volver , de nuevo, al rostro adorado, aunque fuera con aquella condición hiriente que le puso la muerte, la de poseerla a ella  antes que él mismo. ¿Fue entonces un sueño? ¿En verdad él hirió la tierra en busca de sus senos de nácar, para poder besarlos ya fríos y sin fuego?¿Es cierto que arrancó sus pies y sus manos marmóreas de la tierra, como se arrancan  las raíces de las rosas y los lirios? No es posible que fuera tal su agonía. ¡Profanar en el vientre de la vida lo que a dios solo ya pertenecía! ¿Es posible que todo aquello le llevara a esa terrible conclusión? ¿Dónde estuvo aquella noche aciaga? Se levantó de la escasa hierba que nacía entre las calvas descarnadas del suelo y, mirándose las piernas huesudas, cubiertas de cieno y de hojarasca, vio entonces allí la prenda de su amada, descansando entres sus pies, sobre la tierra. El pasador de plata con una estrella de nácar. Se agachó a recogerlo ,y la luz tornasolada de la estrella le deslumbró por un instante. Allí estaban, prendidos al pasador, los rizos de ella, negros, perfumados de lavanda aún dulce y fresca. ¡Dios mío!, gritó con un aullido de dolor y desconcierto. Con la mano, aún temblorosa, apretó en el puño aquellos rizos que él peinara en su lecho ,ya con desconsuelo. Los dejó caer, y se esparcieron, como pétalos de rosa, ya marchitos, que volaran y se fueran hacia lo eterno. Se dio la vuelta y allí, a su misma espalda, la vio: blanca, radiante, bella, pura. Desnuda y luminosa  entre la tierra, como surgida no de allí, sino del cielo En su agonía corrió y corrió, llorando como un poseso, dejando atrás aquel bosque sombrío, que no era un bosque solo, sino cuna de descanso para los que ya de la vida no eran presos, y dejó allí  atrás la tumba profanada, la tierra, el viento, el sol, aquel silencio,  y  a su amada allí, sobre el rocío de las rosas y los lirios, que él mismo le puso en el entierro.  Pilar Alcántara, noviembre 2020.

Si hay un evento que espero cada año con ilusión es el de las Jornadas Cáceres Gótica organizadas por las asociaciones culturales literarias Norbanova y Letras Cascabeleras. Tras varios años presentándome al concurso literario este año obtuve el segundo premio de relatos. Era una gran ilusión para mí el ser premiada. Casi un reto. Porque es imposible participar en un acto con tanto entusiasmo. Aquí comparto la foto de los premiados y mi texto.

Nívea 

( Seudónimo: Vamp)

Todas las noches eran largas y oscuras sobre el castillo de la señora de Durmania. El sol solo alcanzaba a a filtrar sus rayos entre la bruma durante algunas mañanas de verano. Aunque el dorado que se esparcía sobre los campos, en esos días breves, era de un sepia tan melancólico que solo lograba hacer brillar fugazmente algunas hojas de los árboles más frondosos. Al pie del castillo, la señora mantenía un jardín sombrío cultivado de modo exclusivo para el lucimiento de su flor favorita, la Rosa Nigra. Esta flor, sumamente exótica, contaban que había sido traída un siglo atrás por el abuelo de la señora, desde un país desconocido hasta Durmania. Se alimentaba, para su crecimiento, con la luz de la luna, de cuyos rayos la flor iba apoderándose para transformarlos en sombra, de modo que un brillante color negro adornaba después sus pétalos, volviéndola bella en extremo. Era tal la belleza de estas rosas que podría hacer desmayar al más aguerrido guerrero que osara posar sus ojos sobre ellas. Al menos, eso se decía. De esta forma, la señora protegía su castillo de invasiones extrañas. Nadie que conociera aquella leyenda habría tenido la osadía de acercarse al castillo, y todos los habitantes del lugar se resistían a los encantos del aroma sumamente atrayente de las famosas rosas. Nadie sabía si eran o no verdad, pero se contaban muchas extrañas historias sobre la señora y el poder maléfico de su castillo. Se decía que la persona que acudía a la llamada de la dulce fragancia de sus flores era arrastrada al interior, para ser acuchillada por las duras y afiladas espinas de las hermosas y prietas rosas durmandinas. Una noche, un carro se detuvo junto al río donde dormía la luna que iluminaba los campos de Durmania. Era Nívea, una habitante del Este, de la zona de Vermania, donde el sol lucía con tanto ímpetu que los campos parecían espejos de luz resplandeciendo sobre la tierra. Su espíritu aventurero la había hecho adentrarse en los territorios que se extendían más allá de las montañas. Tras ellas, todo cambió al instante. En vano esperó que a las noches le sucedieran las mañanas soleadas de su tierra. No. Solo la luna reinaba con fuerza, y el día era un continuo deambular de sombras. Pronto, Nívea sintió una punzada en el estómago. No sabía de dónde salía aquel aroma que la arrastraba, hasta que divisó a lo lejos las almenas de un castillo, y llegó a la conclusión de que era de allí de donde procedía. Cabalgó con rapidez para llegar a su destino, y cuando estaba a punto de alcanzar las murallas, algo la paralizó. Entonces comenzó a asfixiarse, al mismo tiempo que los rayos de la luna se aferraban a su piel en forma de garfios, estallando sobre su blancura y carbonizándola al momento. Sintió un profundo dolor por todo su cuerpo, y de repente, ya no supo más dónde estaba. 

Cuando despertó, se encontró inmovilizada. No tenía brazos, ni manos, sino ramas y hojas. Intentó tocarse el rostro, pero advirtió que por cabeza tenía una corola de pétalos. Mientras intentaba escapar con unos pies que ya eran raíces, alguien se acercó. Era la señora. La piel blanca contrastaba con su pelo de color del ébano. Portaba una regadera de porcelana con la que regó las rosas que rodeaban a Nívea dejando caer también la frescura del chorro sobre ella. Una nueva rosa, pensó la señora. Una aún más hermosa que las demás. Y después, se marchó al interior del castillo, con pasos alegres, mientras el viento de la noche levantaba sus cabellos hacia la luna. 

Pilar Alcántara Noviembre 2019