P- Cáceres Gótica

Si hay un evento que espero cada año con ilusión es el de las Jornadas Cáceres Gótica organizadas por las asociaciones culturales literarias Norbanova y Letras Cascabeleras. Tras varios años presentándome al concurso literario este año obtuve el segundo premio de relatos. Era una gran ilusión para mí el ser premiada. Casi un reto. Porque es imposible participar en un acto con tanto entusiasmo. Aquí comparto la foto de los premiados y mi texto.

Nívea 

( Seudónimo: Vamp)

Todas las noches eran largas y oscuras sobre el castillo de la señora de Durmania. El sol solo alcanzaba a a filtrar sus rayos entre la bruma durante algunas mañanas de verano. Aunque el dorado que se esparcía sobre los campos, en esos días breves, era de un sepia tan melancólico que solo lograba hacer brillar fugazmente algunas hojas de los árboles más frondosos. Al pie del castillo, la señora mantenía un jardín sombrío cultivado de modo exclusivo para el lucimiento de su flor favorita, la Rosa Nigra. Esta flor, sumamente exótica, contaban que había sido traída un siglo atrás por el abuelo de la señora, desde un país desconocido hasta Durmania. Se alimentaba, para su crecimiento, con la luz de la luna, de cuyos rayos la flor iba apoderándose para transformarlos en sombra, de modo que un brillante color negro adornaba después sus pétalos, volviéndola bella en extremo. Era tal la belleza de estas rosas que podría hacer desmayar al más aguerrido guerrero que osara posar sus ojos sobre ellas. Al menos, eso se decía. De esta forma, la señora protegía su castillo de invasiones extrañas. Nadie que conociera aquella leyenda habría tenido la osadía de acercarse al castillo, y todos los habitantes del lugar se resistían a los encantos del aroma sumamente atrayente de las famosas rosas. Nadie sabía si eran o no verdad, pero se contaban muchas extrañas historias sobre la señora y el poder maléfico de su castillo. Se decía que la persona que acudía a la llamada de la dulce fragancia de sus flores era arrastrada al interior, para ser acuchillada por las duras y afiladas espinas de las hermosas y prietas rosas durmandinas. Una noche, un carro se detuvo junto al río donde dormía la luna que iluminaba los campos de Durmania. Era Nívea, una habitante del Este, de la zona de Vermania, donde el sol lucía con tanto ímpetu que los campos parecían espejos de luz resplandeciendo sobre la tierra. Su espíritu aventurero la había hecho adentrarse en los territorios que se extendían más allá de las montañas. Tras ellas, todo cambió al instante. En vano esperó que a las noches le sucedieran las mañanas soleadas de su tierra. No. Solo la luna reinaba con fuerza, y el día era un continuo deambular de sombras. Pronto, Nívea sintió una punzada en el estómago. No sabía de dónde salía aquel aroma que la arrastraba, hasta que divisó a lo lejos las almenas de un castillo, y llegó a la conclusión de que era de allí de donde procedía. Cabalgó con rapidez para llegar a su destino, y cuando estaba a punto de alcanzar las murallas, algo la paralizó. Entonces comenzó a asfixiarse, al mismo tiempo que los rayos de la luna se aferraban a su piel en forma de garfios, estallando sobre su blancura y carbonizándola al momento. Sintió un profundo dolor por todo su cuerpo, y de repente, ya no supo más dónde estaba. 

Cuando despertó, se encontró inmovilizada. No tenía brazos, ni manos, sino ramas y hojas. Intentó tocarse el rostro, pero advirtió que por cabeza tenía una corola de pétalos. Mientras intentaba escapar con unos pies que ya eran raíces, alguien se acercó. Era la señora. La piel blanca contrastaba con su pelo de color del ébano. Portaba una regadera de porcelana con la que regó las rosas que rodeaban a Nívea dejando caer también la frescura del chorro sobre ella. Una nueva rosa, pensó la señora. Una aún más hermosa que las demás. Y después, se marchó al interior del castillo, con pasos alegres, mientras el viento de la noche levantaba sus cabellos hacia la luna. 

Pilar Alcántara Noviembre 2019